viernes, junio 30

Te mira el sueño fijamente y luego enuncia:
vidasombra
muerteluz.
¿Qué hace uno en esos casos?
¿Llora? ¿Ríe?
Por supuesto que llora
por supuesto que ríe
capaz que hasta llorarríe.
O calla.
O espera.
¿Se espera a la vida en la sombra?
¿Se espera a la muerte en la luz?

miércoles, junio 28

Andante en tres tiempos

Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre los ojos de la lejanía,
confuso como un fardo,
errante como un médano indeciso en la tierra de nadie,
sin rasgos, sin consistencia, sin asas ni molduras,
así era tu porvenir visto desde las instantáneas rendijas del pasado.
Sin embargo detrás hay un taller que fragua sin cesar tu muestrario de máscaras.
Es un recinto que retrocede y que te absorbe exhalando el paisaje.
Allí en algún rincón están de pie tus primeras visiones,
y también las imágenes de ayer y aun los espejismos que no se condensaron,
más las ciegas legiones de fantasmas que son huecos anuncios todavía.
Entre todos imprimen un diseño secreto en las alfombras por donde pasarás,
muelen tus alimentos de mañana en el mortero de lo desconocido
y elaboran en rígidos lienzos los ropajes para tu absolución o tu condena.
Cambia, cambia de vuelo como la ráfaga del enjambre bajo la tormenta.
Un soplo habrá disuelto la reunión;
un soplo la convoca en un nuevo diseño, junto a nuevos ropajes y nuevos alimentos.
¡Qué vivero de formas al acecho de un molde desde el principio hasta el final!

Palmo a palmo, virando
de un día a otro fulgor, de una noche a otra sombra,
llegas con cada paso a ese lugar al que te remolcaron todas las corrientes:
una región de lobos o corderos donde erigir tu tienda una vez más
y volver a partir, aunque te quedes, aspirado de nuevo por la boca del viento.
Es esa la comarca, esa es la casa, esos son los rostros que veías difusos,
fraguados en el humo de la víspera,
apenas esculpidos por el aliento leproso de la niebla.
Ahora están tallados a fuego y cuchillo en la dura sustancia del presente,
una roca escindida que ahora permanece, que ya se desmorona,
que se escurre sin fin por la garganta de insaciables arenas.
Entre la oscilación y la caída, si no te deslizas hacia adelante, mueres.
Apresúrate, atrapa el petirrojo que huye, la escarcha que se disuelve en jardín.
Somételos con un ademán tan rápido que se asemeje a la quietud,
a esa trampa del tiempo solapado que se desdobla en antes y en después.
Sólo conseguirás un presagio de plumas y un resabio de hielo.
A veces, pocas veces, un modelo para los esplendores y las lágrimas de tu porvenir.

¿Y qué fue del pasado, con su carga de sábanas ajadas y de huesos roídos?
¿Es nada más que un embalaje roto,
una mano en el vidrio ceniciento a lo largo de toda la alameda?
¿O un depósito inmóvil donde se acumulan el oro y las escorias de los días?
Pliega las alas para ver.
Esa mole que llevas creciendo a tus espaldas es tu albergue vampiro.
No me hables solamente de un panteón o de algún tribunal embalsamado,
siempre en suspenso y hasta el fin del mundo.
Porque también allí cada dibujo cambia con el último trazo,
cada color se funde con el tinte de la nueva estación o la que viene,
cada calco envejece, se resquebraja y pierde su motivo en el polvo;
pero el muro en que guardas estampadas las manos de la infancia
es ese mismo muro que proyecta unas manos finales sobre los muros de tu porvenir.
¿Y acaso ayer no asoma algunas veces como marzo en septiembre y canta en la enramada?
Todo es posible cuando se desborda y rehace un recuento la memoria:
imprevistas alquimias, peldaños que chirrían, cajones clausurados y carruajes en marcha.
Sorprendente inventario en el que testimonian hasta las puertas sin abrir.

Hoy, mañana o ayer,
nunca ningún refugio donde permanecer inalterable entre la llama y el carbón.
Los oleajes se cruzan y conspiran como los visitantes en los sueños,
intercambian espumas, cáscaras, amuletos y papeles cifrados y jirones,
y todo tiempo inscribe su sentencia bajo las aguas de los otros tiempos,
mientras viajas a tumbos en tu tablón precario justo en el filo de las marejadas.
Pero hay algo, tal vez, que logró sustraerse a las maquinaciones de los años,
algo que estaba fuera de la fugacidad, la duración y la mudanza.
Guarda, guarda esa prenda invulnerable que cobraste al pasar
y que llevas oculta como un ladrón furtivo desdel el comienzo hasta el futuro.
Estandarte o sortija, perla, grano de sal o escapulario,
describe una parábola de brasas a medida que te aproximas, que llegas, que te alejas:
tu credencial de amor en la noche cerrada.

Olga Orozco

miércoles, junio 21

La muerte masticó tus carcajadas;
te aplastó el corazón
traicionera
en el desmayo de un párpado

Supiste de inmediato que te morías
como lo sabías todo
escuchando la marcha de las nubes
siguiendo a los insectos
soñando.
¿Qué sentiste? ¿Cuáles fueron tus palabras?
Serenas tuvieron que ser,
brisa marina.

Te visito seguido, te sigo pidiendo cosas;
te encuentro en el espejo con frecuencia
en mi historia y en los sueños.
Te pregunto qué hacer
me pregunto cómo harías
incansable mariquita manos de colibrí.
Sonreiría, me digo, seguro sonreiría
con sus dientes cotiledón.

Tendrías que levantarte a mirar tu rayo de luz en las nietas
y antes de morirte de alegría visitar la casa sin tus rosas
poner una caja de música en mi almohada
acunar en tus brazos a la hermana
mayor desde pequeña
colgar soles en nuestras ventanas
que nos quedamos tan lluvia cuando te fuiste.

Te haría rabiar otra vez para escucharte decirme cabrona
te mostraría mis cuadernos te presentaría a mi hijo
comerías tus recetas
Tal vez no te extrañara mirarme escribirte, toda lágrimas y mocos;
prepararías un té, me contarías, pausada, tu día
y yo terminaría despepitándolo todo entre tus brazos
y nos reiríamos y me mandarías a tirar tantos pañuelos a la basura.

Vengo aquí seguido
en silencio
a preguntarme cómo habría sido la vida.
Veinte años me llevó pronunciar tu muerte, madre.