domingo, enero 24

Esa noche su espalda tenía el frío de la lápida
pero ni él ni yo lo supimos.

Él porque durmió con la ilusión de la tibieza;
yo, porque aún no conocía la muerte.

Él yace en su colina arbolada.

A mí, desde entonces,
se me acumulan los cadáveres.

2 comentarios:

fgiucich dijo...

La muerte concebida poéticamente. Abrazos.

Furtiva dijo...

La muerte, esa desconocida que no permite ser olvidada...