lunes, julio 4

Otro de Innombrables

al principio fue sólo un deseo; pero ahora estaba ahí. Una brillante luz lo deslumbró. Sus ojos se habían acostumbrado, aun a través de los párpados, a la obscuridad casi completa de su entorno.

Su cerebro registró una sensación extraña en la piel. Dolía. No tenía forma de saber que era el frío de la nueva atmósfera. Un repentino ardor en los pulmones le hizo emitir un grito. Pero no murió.

Durante el largo viaje un complejo código había venido capacitando su cerebro para responder adecuadamente en el instante preciso. El propio instinto de supervivencia debía hacer lo suyo; el precio de cualquier falla era la vida. Una maniobra sencilla lo liberó del ducto, último vínculo con su cápsula protectora, lanzándolo a la incertidumbre de su nueva independencia.


Todo eso no lo supo en ese momento, sino mucho después de haber pronunciado su primera palabra: Mamá.


5 comentarios:

Raquel Olvera dijo...

Qué bien estás manejando los finales, y los principios y los enmedios.
Te digo, eres narradora y de las buenas.

Tristán Estar dijo...

jeje, pensé que hablamos de un secuestrado en la cajuela del auto, o en un cuartito dos por dos más oscuro que lo más oscuro pues, jeje. Me sorprendió, señora. Muy bueno.

Dra. Kleine dijo...

Y henos aquí a todos los que hemos pasado tal cual ese efecto...aunque la memoria nos falle!!!

Saludos!

Del muslo de Júpiter dijo...

Muchas gracias, ya lo creo.

Andreas Kartak dijo...

Bravo... cautiva, te pide más, un gusto leer sus palabras